El Monasterio

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—Es de suponer. Pero yo sostendré hasta la muerte la honra de mi digno primo el conde de Northumberland. Vaughan, por su parte, me entregó un caballo excelente, una bolsa bien repleta, y dos guías que, atravesando senderos espantosos por los que no había pasado nadie desde los tiempos de Lancelot, me condujeron a este reino de Escocia, me llevaron a casa de cierto barón, llamado Julián Avenel, quien me recibió como el lugar y las circunstancias le permitían.

—Debéis haber sido bien miserablemente recibido —contestó el abad—, pues, a juzgar por el apetito que demuestra Julián cuando come en casa ajena, su mesa no debe estar siempre abundantemente provista.

—Vuestra reverencia está en lo cierto. Me sirvieron una comida de cuaresma que hube de pagar bien, porque aunque el tal Julián Avenel nada me exigió por ella, se deshizo de tal modo en elogios de mi puñal, cuyo puño era de plata dorada y de un trabajo admirable, que me vi obligado a ofrecérselo. Lo aceptó en seguida y se lo colocó al cinto, en donde más parecía cuchillo de carnicero que arma de persona decente.

—Un regalo tan valioso —dijo el padre Eustaquio— hubiera debido aseguraros la hospitalidad durante algunos días.


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