El Monasterio
El Monasterio —Hablad, pues —dijo Alberto acortando el paso—; pero pensad que tenemos que cazar un venado para esos santos varones, que han llegado cansados de un viaje de algunas millas, y solo en el bosque de Brocksburn podémoslo encontrar.
—Sabed, pues, querido Alberto, que soportaré la vida sin repugnancia, hasta que la muerte me llame, porque tal es la voluntad de Dios.
Mi vida es, efectivamente, penosa, pues sudo en verano, tirito en invierno, duermo sobre un duro jergón, como mal y soy despreciado como un siervo; pero, si no fuera útil en este mundo, Dios me sacarÃa de él.
—¡Pobre anciano! ¿Cómo puede la idea de tu pretendida utilidad reconciliarte con el mundo, en el que desempeñas un papel tan triste?
—Mi papel no era más brillante ni mi persona menos despreciada cuando salvé la vida a mi señora y a su hija, proporcionándoles un asilo que no encontraron en otra parte.
—Tienes razón, MartÃn; este solo rasgo redime una vida entera soportada en la abyección.
—¿Y no estimáis en nada, Alberto, que pueda hoy daros una lección de paciencia y de sumisión a la voluntad divina? Me parece que mis cabellos blancos sirven para algo, si ellos me permiten ofrecer a la juventud el consejo y el ejemplo.
Alberto inclinó la cabeza y guardó silencio.