El Monasterio

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—¿Cómo? ¡Esta dama! ¿Qué tenéis que decir de ella? —exclamó el barón encolerizado.

—¿Es vuestra compañera? —preguntó el predicador después de haber pensado la mejor manera de manifestar lo que tenía que decir—. En una palabra, ¿es vuestra esposa?

La desdichada señora ocultose el rostro entre las manos; pero el rubor que encendía su rostro, las lágrimas que se abrían paso a través de sus dedos, revelaban su dolor y su confusión a un mismo tiempo.

—¡Por mi padre! —exclamó el barón poniéndose de pie y empujando su asiento con tanta violencia que fue a dar contra el muro a que volvía la espalda; pero, reprimiéndose de pronto, pensó—: ¡Bueno fuera que hiciese caso de un necio!, y sentóse de nuevo para contestar fría y desdeñosamente:

—No, señor; Catalina no es mi esposa. ¡No llores, locuela! No es mi esposa; pero nuestras manos están unidas[20], y esto es bastante para que sea una mujer honrada.

—¿Vuestras manos están unidas? —repitió Enrique Warden.


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