El Monasterio

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—¡Por todos los santos! —exclamó el caballero fuera de sí—. Si esta sangre es un testimonio contra mí, es una sangre rebelde, pues, a la salida del sol, circulaba aún por mis venas.

—¿Cómo es eso, sir Piercie? No os veo ninguna herida.

—¡Ese es el misterio! ¡Pero ved!

Y, abriendo sus vestidos, mostró su pecho y señaló el sitio en que había entrado la espada de Alberto; pero la herida, ya cicatrizada, parecía estar cerrada desde ya hacía algún tiempo.

—¡Estáis abusando de mi paciencia, caballero! —exclamó el subprior—. Eso es coronar con un insulto un acto de violencia. ¿Acaso me tomáis por un niño, o por un necio, cuando pretendéis hacerme creer que la sangre, fresca aún de que vuestra ropa está manchada, es la de una herida curada hace ya mucho tiempo? Esa sangre es de vuestra desgraciada víctima.

—Reverendo padre —contestó el caballero después de reflexionar un momento—, no he de ocultaros nada; pero ordenad que se retire todo el mundo y os explicaré este misterioso asunto. No os extrañéis, sin embargo, si os parece inexplicable; pues yo tampoco comprendo nada.


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