El Monasterio
El Monasterio —¡Cómo! ¡Mysie trabajando ya! ¡Que Dios bendiga esos lindos ojos que se abren tan temprano! Necesito que me deis un beso para estrenarme hoy por la mañana.
El galán que le dirigía este cumplimiento era Dan de Howlet-hirst, y como este unió la acción a las palabras, recibió un buen cachete, que hubiera desconcertado a cualquier galán menos robusto.
—¡Ah! ¡Ah! —exclamó Mysie al mismo tiempo—. ¿Conque venís a atormentar a las muchachas, en lugar de vigilar a vuestro prisionero?
—Os equivocáis, Mysie —contestó Dan—, no ha llegado aún mi tumo. Ahora voy a relevar a Eduardo; y si no fuera vergonzoso dejarle por más tiempo de centinela, no me separaría de vuestro lado.
—Ya tendréis tiempo de verme. Ahora debéis relevar a Eduardo, que ha pasado toda la noche a la puerta del prisionero y necesita descansar.
—Antes quiero que me deis un beso.
Pero Mysie opuso una vigorosa resistencia, y el galán viose obligado a retirarse.
La molinera entonces se escurrió hasta el pie de la escalera y le oyó hablar un momento con Eduardo, quien se retiró después.
Mysie esperaba que amaneciera para poner en práctica la segunda parte del plan que había de libertar al gentil caballero.