El Monasterio
El Monasterio —Es preciso dejar salir las vacas —contestó Mysie—. No quiero que el ganado de la pobre viuda ayune toda la mañana. He tomado mis medidas para que no puedan perseguirnos tan pronto, y, además, necesitáis vuestro caballo, cuyas piernas nos serán útiles para alejarnos más de prisa, y recobrar el tiempo perdido.
Y, entrando en el establo, hizo salir a las vacas, mientras el caballero ensillaba su cabalgadura; después abrió la puerta del patio con el propósito de ir a buscar su palafrén, mientras el ganado entraba en el valle.
El mido que estas operaciones produjeron llegó a los oÃdos de Eduardo que continuaba de vigilancia; se alarmó y, asomándose a una ventana, preguntó a Mysie qué querÃa.
La molinera contestó que, como era la hora de llevar a pastar las vacas, se disponÃa a hacerlo.
—Mil gracias, Mysie —le dijo—. ¿Pero quién es esa mujer que está a vuestro lado?
Ya iba a responder la joven, cuando sir Piercie, deseando cooperar a la gran obra de su libertad, se apresuró a decir:
—Joven bucólico, soy yo, a quien la digna matrona, vuestra madre, ha confiado el cuidado de su rebaño.
—¡Condenación! —exclamó Eduardo—. ¡Es Piercie Shafton! ¡Traición! ¡Traición! ¡Hola! ¡MartÃn! ¡Ady! ¡Jasper! ¡El bandido va a escaparse!