El Monasterio
El Monasterio —¡A caballo! ¡A caballo! —gritaba al mismo tiempo Mysie, quien de un salto se montó a la grupa detrás del caballero, que ya estaba en la silla.
Eduardo corrió a buscar una ballesta, y disparó una flecha que rozó silbando los oídos de la molinera.
—Aprisa, caballero, más aprisa —exclamó—. La segunda vez no errará el blanco. Si Alberto hubiera disparado la flecha, no habríamos ido más lejos.
Sir Piercie espoleó el caballo y, lanzándose por medio de las vacas, no tardó en encontrarse bajo la colina que servía de asiento a la torre, y poco tiempo después los fugitivos estaban fuera del alcance de sus perseguidores.
A aquella hora, dos hombres, acusados de ser cada cual autor de la muerte del otro, huían por caminos distintos de Escocia.