El Monasterio

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El padre Eustaquio tenía, pues, entre sus manos al enemigo más temible de la Iglesia, y veíase obligado a cumplir las promesas que había hecho a los amigos de la fe católica, extinguiendo la herejía en la sangre de su más celoso propagandista; pero, esto no obstante, el arresto de Enrique Warden le produjo una emoción más bien de tristeza que de regocijo.

—Es una crueldad —se decía— hacer sufrir a un hombre; es terrible hacer derramar sangre; pero el juez a quien se le ha confiado la espada de San Pablo y las llaves de San Pedro no retrocederá ante el cumplimiento de su deber. Nuestras armas herirían nuestro propio pecho si no las esgrimiéramos con mano firme contra los enemigos irreconciliables de la Santa Iglesia; ¡PEREAT ISTE! ¡Que perezca! Es la pena que ha merecido, y, aunque le defendieran todos los herejes de Escocia, su sentencia sería irrevocable.

—Que lo traigan, —prosiguió en voz alta y autoritaria.

Y Warden fue introducido, con las manos atadas, pero con los pies libres.

—Que se retire todo el mundo —ordenó el subprior—, menos un centinela que vigilará al prisionero.

Cristián mandó salir a sus compañeros y, desenvainando su espada, se puso él mismo de centinela delante de la puerta.


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