El Monasterio

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El juez y el reo quedaron solos, frente a frente. En el rostro de ambos se reflejaba la confianza de su integridad. El fraile iba a cumplir lo que él consideraba su deber, sin que le preocuparan los peligros que a él o a su convento pudieran seguírseles.

El predicador estaba dispuesto a someterse a todo por amor a Dios y a sellar con su sangre, si era necesario, su misión divina.

Se acercaban uno a otro apercibidos para el combate espiritual, midiéndose con la vista como si esperaran descubrir algún punto débil en la armadura del adversario; pero de pronto, ambos evocaron antiguos recuerdos e hicieron un movimiento de sorpresa al reconocerse mutuamente.

Amigos y condiscípulos en el colegio y en la universidad, no habían vuelto a verse desde entonces hasta aquel momento. Siguiendo la costumbre, el fraile había cambiado de nombre al tomar los hábitos, y el predicador usaba también otro extraño, lo que les impedía reconocerse recíprocamente en la contraria misión que desempeñaban en el gran drama político y religioso.

—¡Enrique Wellwood! —exclamó el subprior.

—¡Guillermo Allan! —dijo el predicador.

Y ambos, conmovidos al pronunciar estos nombres familiares y recordar la amistad que los unió en la juventud, se estrecharon las manos con cariño.


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