El Monasterio

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—¡Desatadlo! —ordenó el padre Eustaquio, ayudando él mismo a Cristián a ejecutar esta orden, aunque el prisionero repitiera con entusiasmo que se consideraba dichoso sufriendo aquel oprobio en defensa de la causa que servía. Sin embargo, cuando tuvo libres las manos, manifestó su gratitud respondiendo al amistoso abrazo del subprior y cambiando con él una mirada afectuosa.

Por una y otra parte, aquel saludo fue generoso y franco; pero pronto adoptaron ambos la actitud especial de dos campeones dispuestos para la lucha, demostrando que siguen el impulso del honor y no del odio.

Pensando en la situación en que se encontraban respectivamente sus manos, se separaron como de común acuerdo, y contempláronse con expresión de profunda angustia.

—¡A esto —dijo el subprior de Santa María, interrumpiendo el silencio— han quedado reducidos aquella infatigable actividad de espíritu, aquella sed ardiente de saber que nada podía extinguir, aquel amor al trabajo que ninguna dificultad podía contener! ¡Este es el final de la carrera de Wellwood! ¡Después de habernos conocido, de habernos querido y estimado durante los años más hermosos de nuestra vida, volvemos a encontrarnos en la vejez: yo en calidad de juez, y vos en la de criminal!


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