El Monasterio
El Monasterio Cristián dio dos pasos hacia la puerta, pero, de pronto, volviéndose como quien de buena gana se permitirÃa una broma impertinente si se atreviera, dijo al prior:
—Vuestra reverencia no me ha dicho aún qué debo hacer de Mysie Happer, que se ha marchado con el caballero inglés; ¿debo traerla aqu�
—¡AquÃ! ¡Insolente! ¿Acaso olvidáis a quién habláis?
—No tengo intención de ofender a vuestra reverencia. Si no queréis que la traiga aquÃ, la conduciré al castillo de Avenel, donde toda linda muchacha es bien recibida.
—Conducid a esa desgraciada a casa de su padre, y no os permitáis bromas tan impertinentes; procurad que entre en su casa honradamente y sin correr el menor riesgo.
—Os respondo de su vida; no puedo garantizar más honra que la que le quede. Saludo a vuestra reverencia; preparad en seguida las cartas, que voy a montar a caballo.
—¡Cómo! ¿A las once de la noche? ¿Cómo sabéis dónde dirigiros para buscar a sir Piercie?
—He reconocido las pisadas de su caballo hasta el vado que hemos atravesado esta noche, y he visto que seguÃan después hacia el Norte: seguramente se dirige a Edimburgo.