Ivanhoe
Ivanhoe Un corto pasadizo y una escalera de siete escalones, cada uno de los cuales era un tronco de roble, le condujeron a la estancia de lady Rowena. Las paredes habían sido recubiertas de colgaduras bordadas; sedas de diferentes colores, entretejidas con hilos de oro y plata, habían sido dispuestas con toda la habilidad de los artistas de la época para representar hechos de caza y cetrería. La cama estaba cubierta con tapices igualmente ricos y rodeada de cortinajes teñidos de púrpura. También los sillones estaban forrados, y uno de ellos, más elevado que los restantes, tenía un escabel de marfil curiosamente labrado.
No menos de cuatro candelabros de plata, cada uno de ellos sosteniendo grandes hachas de cera, iluminaban la estancia. Pero la magnificencia en que vivía una princesa sajona no causa envidia a las hermosas de hoy en día. Las paredes de la habitación estaban tan mal acabadas y llenas de grietas que las ricas colgaduras eran agitadas por el viento nocturno y la llama de las bujías se contorsionaba en el aire como un pendón al viento, a pesar de estar protegidas por una pantalla. Y el lujo era notorio, mezclado con ciertos toques de buen gusto, pero era escasa la comodidad; sin embargo, por desconocida no era echada en falta.