Ivanhoe
Ivanhoe —Me temo que ha de encontrar en su patria pocos motivos para alejar de él las preocupaciones —dijo lady Rowena—. Gracias, peregrino, por tu información referente a mi compañero de infancia… Doncellas, acercaos. Ofreced el último vaso al santo varón a quien no quiero privar por más tiempo de reposo.
Una de las doncellas llegó con una copa de plata llena de vino especiado. Rowena lo llevó a sus labios y lo ofreció después al peregrino.
—Aceptad esta limosna, amigo —prosiguió la dama ofreciéndole una moneda de oro—, como reconocimiento a las penalidades que has soportado visitando los Santos Lugares.
El peregrino agradeció la dádiva con otra profunda reverencia y siguió a Elgitha fuera de la estancia.
En la antesala encontró a Anwold, el asistente; tomó la antorcha de manos de la doncella y le condujo con más prisa que cortesÃa a la parte innoble del edificio, situada en el exterior, donde cierto número de cuartuchos servÃan de cobijo a los criados inferiores y a los forasteros de poca categorÃa.
—¿Cuál es el cuarto del judÃo? —preguntó el peregrino.
—El perro descreÃdo se cobija en la celda inmediata a vuestra santidad. ¡Por san Dunstan! ¡Cómo habremos de lavarla y limpiarla antes de que pueda servir para dar abrigo a un cristiano!