Ivanhoe
Ivanhoe Después del cuarto encuentro tuvo lugar una larga pausa. No parecía haber nadie deseoso de reanudar los desafíos. Los espectadores murmuraban entre ellos puesto que entre los mantenedores, Malvoisin y Front-de-Boeuf eran impopulares debido a su carácter, y los restantes no eran tenidos en estima ya que eran extraños o forasteros. Pero nadie participaba tan profundamente de los sentimientos de general desagrado como Cedric el Sajón, que en cada victoria de los mantenedores normandos veía un repetido triunfo sobre el honor de Inglaterra. La educación recibida no le había adiestrado en los ejercicios de la caballería, aunque con las armas de sus antepasados sajones había probado, en más de una ocasión, ser un combatiente bravo y decidido. Miraba con ansiedad a Athelstane, quien había aprendido el arte de la época, como si le implorara que hiciera algún esfuerzo personal para recobrar la victoria que gradualmente pasaba a manos de los templarios y de sus aliados. Pero, aunque era de bravo corazón y gran fortaleza física, Athelstane tenía un temperamento demasiado inerte y falto de ambición para llevar a cabo las proezas que Cedric parecía esperar de él.
—El día es contrario a Inglaterra, milord —dijo Cedric intencionadamente—. ¿No os sentís tentado de empuñar una lanza?