Ivanhoe
Ivanhoe —No se avecina ningún peligro —dijo Fitzurse—, ¿tan poco habituado estáis a los miembros gigantescos del hijo de vuestro padre como para creer que caben en tal armadura? De Wyvil y Martival, el modo de servir mejor a vuestro prÃncipe será el de hacer aproximarse al trono al vencedor, desvaneciendo asà el error que ha dejado sin sangre sus mejillas. Observadle más de cerca —continuó—, y comprobaréis que le faltan tres pulgadas para alcanzar la altura del rey y más del doble para poseer la anchura de sus espaldas. El caballo que monta no hubiera soportado el peso del rey Ricardo ni siquiera durante una sola carrera.
Mientras tanto, los mariscales de campo acompañaron al Caballero Desheredado al pie de la escalera que conducÃa al trono del prÃncipe Juan, todavÃa temeroso por la idea de que su hermano, al que tantas veces habÃa injuriado y al que tanto debÃa, hubiera regresado inesperadamente a su reino. El prÃncipe estaba lleno de suspicacias que ni las atinadas observaciones de Fitzurse conseguÃan desvanecer. Cuando soltó un deslavazado discurso para entregar el caballo de batalla que era el premio al vencedor, le inquietaba y angustiaba la cerrada visera de metal que cubrÃa el rostro del desconocido que ante él estaba. TemÃa que tras la visera brotara la profunda y sonora voz de Ricardo Corazón de León.