Ivanhoe

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Los cerdos contestaron a su llamada con notas igualmente melodiosas, pero no se dieron ninguna prisa en abandonar el lujurioso banquete de bellotas y castañas al que estaban entregados, ni tampoco en dejar las fangosas orillas del riachuelo, donde varios de ellos se revolcaban a gusto en el barro sin hacer el menor caso de los gritos de su guardián.

—¡La maldición de san Withold caiga sobre ellos y sobre mí! No soy hombre si el lobo no se lleva a algunos de ellos este atardecer. ¡Fangs, aquí! ¡Fangs! —chillaba a un astroso perro, una especie de mestizo de mastín y galgo.

El can corría como si quisiera secundar los propósitos de su amo, en un intento de reunir la manada indisciplinada de gruñidores puercos. En realidad, ya por no comprender las órdenes del porquerizo, ya por desconocimiento de sus obligaciones como perro o por manifiesta mala fe, solamente conseguía hacerlos correr de aquí para allá, aumentando así la confusión.

—El diablo le arranque los dientes —dijo Gurth—, y la madre de todos los infortunados confunda al guarda que lima las garras de nuestros perros dejándolos inútiles para el trabajo. Wamba, si eres hombre levántate y ayúdame; da la vuelta a la colina y gánales la mano, y así cuando llegues a la puerta del cercado los conducirás con tanta facilidad como si de corderos se tratara.


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