Ivanhoe
Ivanhoe —Treinta cequÃes constituyen todos mis bienes —dijo Gurth con astucia.
—Quedan confiscados. ¡Confiscados! —gritaron los ladrones.
—El que un sajón posea treinta cequÃes y regrese sobrio de la ciudad es motivo más que suficiente para que le sea confiscado cuanto lleva encima.
—Los ahorré para comprar mi libertad.
—Eres un borrico —replicó uno de los ladrones—. Tres cuartillos de cerveza fuerte te hubieran hecho tan libre como tu propio dueño, y aún más libre que él, si es un sajón como tú.
—No es más que la triste verdad, pero si estos treinta cequÃes bastan para que me dejéis libre, desatadme; ya son vuestros.
—Un momento —dijo uno que parecÃa ejercer alguna autoridad sobre los otros—. Mientras palpaba tu capa me he dado cuenta de que eres portador de una bolsa que, por las apariencias, contiene una cantidad superior a la que has confesado.
—Pertenece al noble caballero que es mi amo y no la he mencionado porque al contestaros sólo hice referencia a lo que me pertenece.
—Eres honrado —replicó el ladrón—, te lo digo yo y no profesamos tanta devoción a san Nicolás que no puedan tus treinta cequÃes salir bien librados si no tratas de engañarnos. Di toda la verdad.