Ivanhoe

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Al llegar al campo abierto, donde a Gurth le hubiera podido resultar difícil dar con el camino, los ladrones le guiaron hasta la cima de un montículo desde donde pudo ver, bajo la luz de la luna, las empalizadas del torneo, los brillantes pabellones que a cada extremo de ellas se levantaban temblando al aire y los pendones iluminados por los rayos de plata. Pudo oír también los cantos de los centinelas que, de este modo, hacían menos aburrido el cumplimiento de su deber nocturno. Los ladrones se detuvieron.

—No te acompañamos más, no sería prudente que lo hiciéramos. Recuerda el aviso que te ha dado el capitán. Guarda secreto acerca de lo que te ha sucedido esta noche y no tendrás que arrepentirte. Si no haces caso de nuestro consejo, ni la torre de Londres podrá protegerte de nuestra venganza.

—Buenas noches, amables señores —dijo Gurth—, recordaré vuestras indicaciones y creo que no hay en mí intención alguna de ofenderos cuando os digo que os deseo una ocupación más segura y honrada.

De este modo se separaron, volviendo los forajidos por donde habían venido. Gurth se encaminó hacia la tienda de su amo, al cual, haciendo caso omiso de las recomendaciones que le habían sido hechas, contó todas las aventuras de aquella noche.


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