Ivanhoe
Ivanhoe —¡Por los rayos del cielo! —exclamó el prÃncipe Juan dirigiéndose a Hubert—. ¡Si consientes que este vagabundo bribón te supere, eres digno de llevar grilletes!
En cualquier ocasión, Hubert empleaba siempre la misma frase:
—Aunque Vuestra Alteza me cuelgue, uno sólo hace lo que puede. Sin embargo, mi abuelo supo manejar el arco…
—¡Que el diablo cargue con tu abuelo y con toda su generación! ¡Dispara, bellaco, y afina bien, pues de lo contrario te sucederá lo peor!
Bajo esa amenaza, Hubert ocupó de nuevo su lugar y sin dejar pasar por alto el consejo que habÃa recibido de su adversario, desvió un tanto el tiro para que fuera corregido por el airecillo que acababa de levantarse. Disparó con tanto tino que la flecha dio en el mismÃsimo centro de la diana.
—¡Hubert! ¡Hubert! —gritó el populacho, más interesado por alguien conocido que por un extraño—. ¡En el centro! ¡En el centro! ¡Viva para siempre Hubert!
—Locksley, no puedes superar este tiro —dijo el prÃncipe con una sonrisa provocativa.
—De todos modos voy a intentarlo —replicó Locksley.