Ivanhoe
Ivanhoe El príncipe Juan, que esperaba que fuese su propio nombre el que cerrara el discurso del sajón, se sobresaltó al verse pospuesto inesperadamente por su aborrecido hermano. Llevó mecánicamente la copa de vino a sus labios y la depositó al instante sobre la mesa con objeto de observar la conducta de los asistentes ante tan inesperada proposición; muchos de ellos consideraban tan peligroso adherirse como oponerse. Algunos, experimentados cortesanos, siguieron el ejemplo del príncipe Juan; alzaron el gobelete hasta sus labios y rápidamente lo depositaron sobre la mesa. Otros, de corazón más abierto, exclamaron: «¡Viva el rey Ricardo y que pronto nos sea devuelto!». Y otros pocos, entre los cuales se contaban Front-de-Boeuf y el templario, dejaron ante ellos la copa sin probar el vino. Pero ninguno se atrevió a desdeñar abiertamente un brindis dedicado al monarca reinante. Después de gozar de su triunfo durante un minuto, Cedric le dijo a su compañero:
—Vamos, noble Athelstane. Regresemos a nuestras casas. Estuvimos demasiado tiempo, después de haber correspondido a la cortesía hospitalaria del príncipe Juan. Aquéllos que deseen conocer más a fondo las rudas maneras de los sajones deberán, de hoy en adelante, buscarnos en las mansiones de nuestros padres, pues ya hemos visto suficientemente acerca de los banquetes reales y la cortesía normanda.