Ivanhoe
Ivanhoe Sin embargo, los caballeros se dieron tanta prisa que llegaron al convento de San Withold antes de que la temida catástrofe sucediera. El abad, también de ascendencia sajona, recibió a los nobles con la cuantiosa y exuberante hospitalidad de los de su país para con los viajeros nocturnos. No se separaron del reverendo anfitrión a la mañana siguiente sin haber compartido con él un suntuoso desayuno.
Mientras la comitiva abandonaba el patio del monasterio, se produjo un incidente que en cierto modo alarmó a los sajones, los cuales, entre todos los pueblos de Europa, eran lo más observadores de augurios. Los normandos, siendo una raza producto de mezclas, y más infortunada de los relativos conocimientos de la época, habían perdido la mayoría de prejuicios supersticiosos que sus antepasados habían traído consigo de Escandinavia, y se jactaban de opinar libremente sobre estos asuntos.
En la presente ocasión, el temor a un peligro inminente fue motivado por un mal agüero tan inquietante como un perro negro grande; éste, con las patas delanteras levantadas, comenzó a aullar lastimeramente cuando los primeros jinetes cruzaron la puerta. Les siguió ladrando salvajemente, mientras brincaba de una a otra parte como si tuviera intención de unirse a la partida.
—No me gusta esta música, padre Cedric —dijo Athelstane, pues acostumbraba a aplicarle este título en señal de respeto.