Ivanhoe
Ivanhoe —No creas eso, Isaac —dijo Front-de-Boeuf—, serÃa un fatal error. ¿Crees que yo, que he visto una ciudad saqueada en la cual miles de mis compatriotas cristianos perecieron por el fuego o por la espada, voy a vacilar ante los gritos y gemidos de un solo judÃo miserable? ¿O supones que estos esclavos negros que no tienen ni ley, ni patria, ni conciencia, sino sólo el deseo de su dueño, que usan el veneno, la porra, el puñal o la cuerda a su menor señal, crees tú que ellos se van a compadecer de ti, ellos que ni siquiera entienden el lenguaje en que les hablas? Reflexiona, anciano; descárgate de un aparte de tus riquezas superfluas; restituye a las manos de un cristiano una parte de lo que adquiriste por la usura. Tus mañas pronto llenarán tu bolsa de nuevo, pero ni médico ni medicina podrán restituirte la carne ni el pellejo una vez que te hayan tendido sobre estas barras. Paga tu rescate, te repito, y regocÃjate de que por tal precio puedas redimirte de una mazmorra de la cual pocos han salido para poder contar sus secretos. No gastaré más palabras contigo. Escoge entre tus caudales o tu carne y tu sangre, y según tu decisión procederé.
—¡Que me asistan Abraham y Jacob y todos los padres de mi pueblo! —dijo Isaac—. ¡No puedo escoger porque no dispongo de medios para satisfacer tu desorbitada demanda!