Ivanhoe
Ivanhoe —Cogedle y desnudadle, esclavos —gritó el caballero—. ¡Y que le asistan los padres de su pueblo si pueden hacerlo!
Los esclavos, guiados más por la mirada y los gestos de la mano del barón que por la lengua, avanzaron y agarraron al pobre Isaac, le levantaron del suelo y sosteniéndole entre los dos esperaron instrucciones del despiadado barón. El infeliz judÃo miraba los rostros de los negros, asà como el de Front-de-Boeuf, esperando descubrir algún sÃntoma de flaqueza; pero el del barón mostraba la misma frÃa, despreciativa y sarcástica sonrisa que habÃa preludiado su crueldad. Por otra parte, los salvajes ojos de los sarracenos permanecÃan fijos bajo sus negras cejas, y de pronto adquirieron una expresión más siniestra todavÃa debido a los cÃrculos blancos que rodeaban sus pupilas. No hay duda de que evidenciaban el secreto placer que esperaban gozar en la próxima escena, que no el desagrado por ser sus ejecutantes. Entonces el judÃo miró al llameante fogón y al comprender que no habÃa ninguna oportunidad, cedió a las exigencias de su verdugo.
—Pagaré las mil libras de plata. Es decir —-añadió después de una pausa—, las pagaré con la ayuda de mis hermanos, porque me veré obligado a mendigar a la puerta de nuestra sinagoga para reunir tan insólita suma. ¿Cuándo y dónde debo entregároslas?