Ivanhoe
Ivanhoe Saludó a Rowena realizando un amplio movimiento con su gorra de terciopelo, adornada con un broche de oro que representaba a san Miguel pisando al príncipe de las tinieblas. Después, indicó gentilmente a la dama que tomara asiento, y al ver que ésta continuaba en pie, el caballero desenguantó su mano derecha y se la ofreció para conducirla al asiento. Rowena, sin embargo, declinó con un gesto de cumplimiento y dijo:
—Si me hallo en presencia de mi carcelero, señor, y las circunstancias no me permiten pensar otra cosa, mejor le será al prisionero permanecer en pie hasta que sepa la suerte que le espera.
—¡Ay, hermosa Rowena! —replicó De Bracy—. Estáis en presencia de vuestro cautivo, no de vuestro carcelero. Son vuestros hermosos ojos los que han de dictar para De Bracy la sentencia que de él esperáis.
—No os conozco, caballero —dijo Rowena estirándose con todo el orgullo de la alcurnia y la belleza ofendidas—. No os conozco y la insolente familiaridad con que usáis la jerga de los trovadores cuando os dirigís a mí, no justifica la violencia de un salteador.
—Sólo a vos, hermosa doncella —contestó De Bracy en el mismo tono—, y a vuestros propios encantos hay que culpar de cuanto yo haya hecho y haya traspasado la frontera del respeto que se le debe a quien tengo escogida como reina de mi corazón y estrella de mis ojos.