Ivanhoe
Ivanhoe —A salvo estáis —replicó De Bracy—. Y en cuanto a cristianismo, aquà tenéis al valeroso barón Reginald Front-de-Boeuf, cuya mayor abominación son los judÃos; y al buen caballero templario Brian de Bois-Guilbert, cuyo oficio es el de degollar sarracenos. Si éstos no son buenos signos de cristianismo, no conozco otros.
—Vosotros sois amigos y aliados de nuestro reverendo padre Aymer, prior de Jorvaulx —dijo el monje sin reparar en el tono del comentario de De Bracy—; le debéis tener fe de caballeros y caridad de cristianos, por cuanto dice el bendito san AgustÃn, en su tratado De civitate Dei…
—Por cuanto dice el diablo —explotó Front-de-Boeuf—, o mejor dicho, por cuanto digas tú, clérigo, porque disponemos de poco tiempo para escuchar los textos de los santos padres.
—¡Santa MarÃa! —invocó el padre Ambrose—. ¡Qué pronto se irritan esos laicos! Pero sabed, bravos caballeros, que algunos bandidos asesinos sin temor de Dios ni reverencia a su Iglesia, no haciendo caso del ojo que todo lo ve, Si quis, suadente diabolo…
—Hermano clérigo —dijo el templario—, todo esto ya lo sabemos o nos lo figuramos… Dinos llanamente, ¿ha caÃdo prisionero tu amo y de quién?