Ivanhoe
Ivanhoe —¡Que tenga yo que estar aquà como un monje mientras otros toman parte en un juego del que dependen mi libertad y mi muerte! —exclamó Ivanhoe—. Mira por la ventana de nuevo, amable doncella, pero cuida que no te vean los arqueros. Mira y dime si el ataque continúa.
Con resignado valor, reforzado por la pausa que habÃa dedicado a sus devociones mentales, Rebeca se situó de nuevo en el quicio, cubriéndose sin embargo para no ser vista desde abajo.
—¿Qué alcanzas a ver, Rebeca? —preguntó otra vez el caballero herido.
—Nada, sino una nube de flechas tan espesa que me causa mareos y me impide ver a aquéllos que las disparan.
—Esto no puede dar ningún resultado —dijo Ivanhoe—, si no ponen todo su empeño en tomar el castillo por la fuerza de las armas; poco podrán hacer las flechas contra los muros y almenas. Dime lo que hace el caballero del candado y la barra porque según se porta el jefe lo hacen sus seguidores.
—No le veo —dijo Rebeca.
—¡Maldito cuervo! —exclamó Ivanhoe—. Pues, ¿no abandona el olmo cuando el viento sopla más fuerte?