Ivanhoe
Ivanhoe —El Caballero Negro —contestó Rebeca desmayadamente. De pronto gritó de nuevo con gozoso apasionamiento—: Pero no…, ¡no! ¡Alabado sea el nombre del Señor! De nuevo está en pie y lucha como si su brazo poseyera la fuerza de veinte hombres. Se ha roto su espada; arrebata un hacha de manos de un montero, descarga golpe tras golpe sobre Front-de-Boeuf, el gigante vacila y tiembla como una encina al ser talada por el leñador…, cae…, cae…
—¿Quién, Front-de-Boeuf? —inquirió Ivanhoe.
—¡Front-de-Boeuf! —contestó la judÃa—. Sus hombres acuden en su ayuda, capitaneados por el templario…, este refuerzo obliga a detenerse al campeón. Se llevan a Front-de-Boeuf al recinto amurallado.
—Los asaltantes han ocupado la empalizada, ¿verdad? —dijo Ivanhoe.
—SÃ, ¡la han ocupado! —exclamó Rebeca—. En estos momentos presionan fuertemente a los sitiados en la muralla; algunos colocan escaleras, otros se acumulan como enjambres de abejas e intentan subir sobre los hombros de los demás. Desde arriba caen piedras, vigas y troncos sobre sus cabezas y tan pronto como los heridos son retirados a retaguardia, tropas de refresco les sustituyen en el asalto. ¡Gran Dios! ¿Le has dado al hombre tu propia imagen para que fuera cruelmente desfigurada por sus hermanos?