Ivanhoe
Ivanhoe —No pienses en eso —dijo Ivanhoe—; ésta no es hora para tales pensamientos. ¿Quién cede terreno, quién consigue abrirse camino?
—Las escaleras han sido despeñadas —replicó Rebeca temblando—; los soldados se retuercen bajo ellas como reptiles pisoteados. Los sitiados llevan la mejor parte.
—¡San Jorge, lucha a nuestro lado! —exclamó el caballero—. ¿Se retiran los falsos monteros?
—¡No! —exclamó Rebeca—. Se portan como verdaderos monteros. El Caballero Negro se acerca a la poterna con su hacha descomunal…, se puede oÃr el clamor de sus golpes, que dominan el griterÃo y el estruendo de la batalla. Piedras y vigas caen sobre el osado campeón…, ¡y les hace tanto caso como si se tratara de paja y plumas!
—Por san Juan de Acre —dijo Ivanhoe levantándose gozosamente sobre el lecho—. ¡Sólo hay un hombre en Inglaterra capaz de tal proeza!
—La puerta de la poterna tiembla —continuó Rebeca—, cruje, se hace astillas bajo sus golpes. Los monteros se precipitan dentro, la barbacana está ganada. ¡Oh, Dios! Desalojan a los defensores de la muralla, los arrojan al foso. Hombres, si en verdad sois dignos de este nombre, ¡respetad a los que se rinden!
—El puente, el puente que comunica con el castillo, ¿lo han conquistado?