Ivanhoe
Ivanhoe —¡A las murallas! —gritó el templario y ambos ascendieron a las fortificaciones para llevar a cabo todo aquello que la habilidad aconsejara ejecutar en defensa de la plaza. Estuvieron de acuerdo con que el sitio que ofrecÃa más peligro era el opuesto a la barbacana que los asaltantes habÃan conquistado. El castillo estaba separado de ella por el foso y no era probable que los sitiadores pudieran asaltar la poterna, con la que la barbacana comunicaba, sin traspasar dicho foso; pero era opinión de ambos que si los asaltantes seguÃan la misma táctica de que ya habÃa utilizado su jefe, intentarÃan un ataque masivo para desalojar a los defensores de su mejor punto de observación, con lo que tomarÃan las medidas pertinentes para sacar ventaja de cualquier negligencia de la defensa en cualquier otra parte. Para prevenir este mal, los caballeros dispusieron tantos centinelas como les permitió el escaso número de hombres de que disponÃan, bastante distanciados unos de otros a lo largo de la muralla y en comunicación permanente entre sÃ, dando voces de alarma siempre que el peligro amenazara. Convinieron en que De Bracy defenderÃa la poterna y el templario retendrÃa a un cuerpo de hombres como reserva, dispuestos a acudir a cualquier otro lugar que fuera amenazado. También la pérdida de la barbacana tuvo la desgraciada consecuencia de que impedÃa la perfecta visión de los sitiados desde la muralla, y asà las operaciones del enemigo se desarrollarÃan con cierta comodidad. Por eso los asaltantes podÃan hacer llegar cuantas fuerzas creyeran convenientes, no sólo bien protegidas, sino también fuera del alcance de la vista de los defensores. Era muy difÃcil, pues, saber por dónde soplarÃa la borrasca: De Bracy y su compañero tenÃan la imperiosa necesidad de prevenir cualquier contingencia, y sus seguidores, aunque valientes, eran presa del estado de ánimo inherente a los hombres sitiados por enemigos que poseÃan la ventaja de poder escoger la hora y el modo de efectuar el ataque.