Ivanhoe
Ivanhoe Mientras tanto, el dueño del asediado castillo estaba postrado en su lecho de dolor. No disponía de las indulgencias de aquellos tiempos, muchas de las cuales eran concedidas para compensar los crímenes cometidos o bien por la liberalidad de la Iglesia, calmando de este modo los terrores con la idea de la penitencia. Aunque los resultados así comprados se parecían tanto a la paz mental que se deriva de un sincero arrepentimiento, como la mórbida estolidez que produce el opio se parece al saludable sueño natural, era un estado de ánimo preferible a los despiertos remordimientos. Pero la avaricia jugaba un gran papel entre los vicios de Front-de-Boeuf, y había preferido desafiar a los clérigos y a la Iglesia, que comprarles el perdón y la absolución al precio de riquezas y residencias. El templario, un descreído de otra índole, no dibujó acertadamente a su compañero cuando dijo que Front-de-Boeuf no podía razonar su descreimiento y desprecio por la fe establecida, porque el barón hubiera podido alegar que la Iglesia vende demasiado caro su género, puesto que la libertad espiritual que ponía en venta sólo podía ser comprada como la de aquel capitán de Jerusalén, «por una gran suma». Así, Front-de-Boeuf prefería negarle la virtud a la medicina antes que pagar los gastos del médico.