Ivanhoe
Ivanhoe —¿Quién ha hablado de causarle ningún daño? —dijo el prÃncipe Juan, endureciendo su risa—. El bribón serÃa capaz de decir que yo ordené que le degollaran. No, una prisión segura es lo aconsejable. Y si esta prisión se encuentra en Inglaterra en vez de en Austria, ¿qué importa? Las cosas quedarÃan como estaban cuando dimos comienzo a nuestra empresa. Nos fundábamos, precisamente, en que Ricardo debÃa encontrarse prisionero en Alemania. Nuestro tÃo Robert vivió y murió en el castillo de Cardiff…
—SÃ, pero —dudaba Waldemar— vuestro padre Enrique estaba sentado en un trono más sólido que el vuestro. Yo digo que no hay mejor prisión que la que proporciona el sacristán enterrador, ninguna mazmorra puede compararse al sótano abovedado de una iglesia. Ya sabéis mi opinión.
—Prisión o tumba —dijo De Bracy—, yo me lavo las manos.
¡Villano! —exclamó el prÃncipe—, no despreciarás nuestro consejo.
—Nunca he despreciado ningún consejo —dijo De Bracy altaneramente—, ¡ni el nombre de villano debe ser emparejado con el mÃo!
—¡Paz, señor caballero! —intervino Waldemar—. Y vos, mi buen señor, sabed perdonar los escrúpulos del valiente De Bracy. Pronto le libraré de ellos.