Ivanhoe
Ivanhoe —Estás loco, De Bracy. ¿Qué te propones, tú, un simple capitán alquilado de una compañÃa de mercenarios, cuyas espadas han sido compradas por el prÃncipe Juan para tenerlas a su servicio? Deseabas topar con nuestro enemigo y cuando la fortuna de tu amo y señor, la de tus camaradas, la tuya propia y el honor y la vida de cada uno de nosotros están comprometidos, entonces te asaltan los escrúpulos.
—Te repito —dijo De Bracy frÃamente— que me perdonó la vida. Verdad es que me expulsó de su presencia y rehusó mi pleitesÃa. Por lo tanto, no le debo ni favores ni agradecimientos. Pero no levantaré la mano contra él.
—No será preciso. Manda a Louis Winkelbrand con algunas de tus lanzas.
—¡Suficientes rufianes tenéis a vuestro servicio! Ninguno de los mÃos intervendrá en tal quehacer.
—¿Tan obstinado eres, De Bracy? —preguntó el prÃncipe Juan—. ¿Me abandonarás después de tantas promesas de servirme?
—No quise decir tal cosa —contestó De Bracy—. Os defenderé en cualquier empresa caballeresca, ya sea en la liza o en el campo de batalla; pero estos métodos de asaltador de caminos no van conmigo.