Ivanhoe

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—En esta mansión, dedicada a los propósitos de la Orden del Temple, hay una mujer judía. La trajo un hermano de religión con vuestro consentimiento —dijo con voz severa el gran maestre.

Albert Malvoisin quedó totalmente confundido, ya que la infortunada Rebeca había sido confinada en una remota y secreta parte del edificio, y se habían tomado todas las precauciones para que su presencia no fuera notada. Leyó en los ojos de Beaumanoir la ruina para él y para Bois-Guilbert, a menos que tuviera la habilidad suficiente para evitar que estallara la tormenta.

—¿Os habéis quedado mudo? —continuó el gran maestre.

—¿Se me permite contestar? —dijo el preceptor con un tono de la más profunda humildad, aunque con la pregunta sólo intentaba ganar un poco de tiempo para poner en orden sus ideas.

—Hablad, os doy permiso —dijo el gran maestre—. Hablad y decidme si conocéis el capítulo de nuestras santas reglas, de commili tonibus Templi in sancta civitate, qui cum miserrimis mulieribus ver santur, propter oblectationem carnis.

—¡Claro que sí, padre reverendísimo! —contestó el preceptor—; no he alcanzando tan alto empleo de mi Orden desconociendo una de sus más importantes prohibiciones.


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