Ivanhoe
Ivanhoe —Ve, entonces —dijo Conrade—; al mediodÃa empieza el negocio. No he visto al gran maestre tan agitado desde que condenó a la hoguera a Hamet AlfagÃ, un converso que, relapso, volvió a la fe del Islam.
La solemne campana del castillo acababa de dar las doce cuando Rebeca oyó ruido de pisadas en la escalera privada que conducÃa al lugar de su confinamiento. Los ruidos anunciaban la llegada de varias personas, y esta circunstancia más bien la alegró, ya que tenÃa más miedo a las solitarias visitas del apasionado Bois-Guilbert que a cualquier otro mal que pudiera acaecerle. Abrióse la puerta de la cámara y Conrade y el preceptor Malvoisin entraron, acompañados por cuatro guardianes vestidos de negro y portadores de alabardas.
—¡Hija de raza maldita, levántate y sÃguenos! —dijo el preceptor.
—¿Dónde y con qué propósito? —preguntó Rebeca.
—Damisela —contestó Conrade—, no tienes que preguntar, sino obedecer. Debes saber, sin embargo, que eres conducida ante el tribunal del gran maestre de nuestra Orden para responder allà de tus ofensas.