Ivanhoe
Ivanhoe La parte baja de la sala estaba atiborrada de guardas portadores de partesanas y de otros asistentes llegados allí por la curiosidad, puesto que al mismo tiempo podían ver al gran maestre y a una hechicera judía. La mayor parte de esta gente de rango inferior estaba relacionada de algún modo con la Orden, y por lo tanto se podía distinguir por sus vestidos negros. Pero no se había prohibido la entrada a los campesinos de los alrededores, porque era cuestión de orgullo para Beaumanoir dar la mayor publicidad posible al espectáculo de la justicia que él administraba. Sus grandes ojos azules parecieron hacerse mayores al mirar a la concurrencia, y su rostro se mostraba satisfecho por la conciencia de su propia dignidad y los méritos imaginarios del papel que iba a desempeñar. Un salmo, que él mismo acompañó con la voz profunda y suave que la edad no había privado de fuerza, fue el principio de los procedimientos del juicio. Los sones solemnes, Venite exultemus Domino, tantas veces cantados por los templarios antes de acometer a sus enemigos sobre la tierra, fue considerado por Lucas como el más apropiado para anunciar el próximo triunfo, de ello estaba seguro, sobre los poderes de las tinieblas. Las notas largas y profundas, entonadas por cien voces masculinas habituadas al canto coral, se levantaron hacia el techo abovedado de la sala y retumbaron entre sus arcos con el placentero y solemne rumor de las aguas de un torrente.