Ivanhoe

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Cuando cesaron los cánticos, el gran maestre recorrió lentamente la asamblea con la mirada, y se dio cuenta de que el sitial de Bois-Guilbert estaba desocupado. Éste había abandonado el sitio que le correspondía como preceptor y se había situado en un extremo del banco que ocupaban los simples caballeros del Temple. Ocultaba el rostro con un manto, que sostenía con una mano, mientras que con la otra apretaba la espada por la empuñadura y con su punta envainada como estaba, iba dibujando líneas en el suelo de roble.

—¡Infeliz! —dijo el gran maestre después de haberle dedicado una mirada compasiva—. Ya puedes ver, Conrade, cuánto le conturba este santo oficio. A esa triste situación llevan las miradas de una mujer ayudada por el príncipe de los poderes del mal. Comprueba que no puede ni mirarnos, ni siquiera la mira a ella. ¡Quién sabrá debido a qué impulsos dictados por su verdugo traza ahora estos signos cabalísticos en el suelo! ¡Puede que atenten contra nuestras vidas y seguridad; pero escupimos y desafiamos a nuestro eterno enemigo. Semper leo percutiatur!

De este modo hablaba con su confidente Conrade Mont-Fitchet. Después levantó la voz y se dirigió a la asamblea:


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