Ivanhoe
Ivanhoe —Reverendos y valientes caballeros, preceptores y compañeros de esta santa Orden, hermanos e hijos míos, también vosotros, escuderos bien nacidos y piadosos que aspiráis a ser portadores de esta santa cruz. ¡Y vosotros también, hermanos cristianos de toda condición! Sabed que no nos faltan poderes para convocar en asamblea a esta congregación; porque, aunque inmerecidamente, nos ha sido conferido con esta vara pleno poder para juzgar y someter a nuestro juicio todo aquello que concierne a esta sagrada Orden nuestra. San Bernardo, en las reglas de nuestra caballeresca y religiosa profesión, ha dicho en el capítulo cincuenta y nueve que los hermanos no habían de ser convocados a concilio salvo bajo deseo y orden expresa del gran maestre, dejando a nuestro criterio, así como lo dejó a los más dignos padres que en este oficio nos precedieron, el considerar tanto la ocasión como el tiempo y el lugar en que el capítulo de nuestra Orden o parte de ella había de ser convocado. También en todos estos capítulos es nuestro deber oír el consejo de nuestros hermanos y proceder según creamos conveniente. Pero cuando el lobo salvaje ha entrado en el rebaño y nos ha arrebatado a una de nuestras ovejas, es deber del pastor convocar a sus camaradas para que, con arcos y hondas, pongan en fuga al invasor, según nuestra bien conocida regla que nos ordena herir siempre al león. Por lo tanto, hemos requerido ante nosotros la presencia de una mujer judía, de nombre Rebeca, hija de Isaac de York. Mujer infame por sus sortilegios y brujerías desde el momento que ha contaminado la sangre y trastornado el cerebro, no de un hombre cualquiera, sino de un caballero. Y no de un caballero secular, sino de uno dedicado al servicio del Temple. Y tampoco de un simple templario, sino de un preceptor de nuestra Orden, primero en rango y en honor. Nuestro hermano Brian de Bois-Guilbert es bien conocido de todos nosotros como un fiel y celoso campeón de la cruz; su brazo ha llevado a cabo muchas proezas en los santos lugares, que ha purificado con la sangre de los infieles que los mancillaban. Y la sagacidad y prudencia de nuestro hermano corrían parejas con su valor y disciplina, tanto, que caballeros de Oriente y de Occidente consideran a Bois-Guilbert como candidato a empuñar esta vara cuando le plazca al cielo descargarme de su peso. Si nos hubieran dicho que un hombre como el descrito, de pronto y sin importarle su condición, sus votos, sus hermanos y sus proyectos, se había asociado con una damisela judía, vagabundeando con tal pecaminosa compañía por sitios solitarios, defendiendo su persona, anteponiéndola a la suya propia y, finalmente, que ha sido cegado y trastornado de tal modo que ha llegado al extremo de llevarla a uno de nuestros preceptorios, ¿qué íbamos a decir sino que el demonio había tomado posesión de tan noble caballero? ¿O tal vez que se halla bajo el influjo de algún diabólico sortilegio? Si pensáramos de diferente manera, no tendríamos en consideración ni el rango, valor, reputación, ni cualquier otra circunstancia terrenal, pues nada le evitaría nuestro castigo, porque todo mal puede ser curado, según el texto: Auferte malum ex vobis. Porque varias y graves son las transgresiones contra las reglas de nuestra bendita Orden cometidas en esta lamentable historia. Primera: Ha procedido según su propio deseo, lo cual va contra el capítulo treinta y tres: Quod nullus juxta propriam voluntatem incedat. Segunda: Ha mantenido trato con una persona excomulgada, capítulo cincuenta y siete: Ut fratres non participent cum excommunicatis, y por lo tanto se ha hecho reo de Anathema Maranatha. Tercera: Ha conversado con mujeres extrañas, capítulo que dice: Ut fratres non conversentur cum extraneis mulieribus. Cuarta: No ha evitado, o peor aún por lo que temo: ha solicitado los besos de una mujer, sobre la que reza la última regla de nuestra estimada Orden: Ut fugiantur oscula. Los soldados de la cruz caen en la trampa. Por estos repetidos y nefandos delitos, Brian de Bois-Guilbert debería ser separado y expulsado de nuestra congregación, aunque fuera el brazo y el ojo derecho de la misma.