Ivanhoe
Ivanhoe Hizo una pausa en su exposición. Un débil murmullo se levantó de la asamblea. Algunos de los más jóvenes, que habían tenido tentaciones de sonreír al oír el estatuto De osculis fugiendis, adoptaron una extremada gravedad al escuchar el final de la perorata y esperaron con ansiedad lo que el gran maestre estaba a punto de exponer.
—Tan severo debía ser el castigo de un caballero templario que de grado ofendiera los estatutos de su Orden en puntos tan importantes. Pero si por medio de encantamientos o sortilegios, Satán hubiera conseguido apoderarse del caballero, quizá al poner con demasiada confianza sus ojos sobre la belleza de una damisela, deberemos lamentar antes que castigar sus culpables transgresiones, imponiéndole una penitencia que le purifique de su iniquidad. Entonces tendríamos que depositar todas las culpas y toda nuestra indignación sobre el maldito instrumento causa inmediata de su caída. Adelantaos pues y dad testimonio todos aquéllos que habéis sido testigos de estos desgraciados hechos para que podamos formar opinión y obrar en consecuencia. También sabremos si nuestra justicia se ha de contentar castigando a la mujer descreída o si debemos, con el corazón sangrante, hacer extensivo el castigo a nuestro hermano.