Ivanhoe
Ivanhoe —Está poseÃdo por un diablo mudo —dijo Beaumanoir—. Te repudio, Satanás. ¡Habla, Brian de Bois-Guilbert, yo te conjuro por este sÃmbolo de nuestra santa Orden!
Bois-Guilbert hizo un esfuerzo para contener la rabia y la indignación que aumentaban en él; estaba seguro que de haberlas expresado, sin duda no hubieran hablado en su favor.
—Brian de Bois-Guilbert —contestó al fin— no responde, padre reverendÃsimo, a tan absurdas e imprecisas acusaciones. Si su honor está implicado en ello, sabrá defenderlo con su cuerpo y con esta espada que tantas veces se ha batido en beneficio de la cristiandad.
—Te perdonamos, hermano Brian —dijo Beaumanoir—, porque el que te hayas vanagloriado de tus hazañas guerreras ante nosotros constituye una glorificación de tus propios hechos, por cuanto ha sido inspirado por el enemigo que nos tienta y nos obliga a sobrevalorar nuestra propia valÃa. Pero has conseguido este perdón, porque consideramos que has hablado no por tu propia voluntad, sino por el maligno impulso de aquél a quien, con permiso del cielo, expulsaremos de esta asamblea.
Una mirada de desdén brilló en los oscuros y fieros ojos de Bois-Guilbert, pero no contestó.