Ivanhoe
Ivanhoe El pobre campesino, sajón de nacimiento, fue arrastrado ante la barra del tribunal, aterrorizado por las consecuencias penales en que podía haber incurrido. Temía por su culpa, ya que había sido curado de sus males por una doncella judía. Y por otra parte, no se podía decir que estuviera perfectamente curado, porque utilizaba muletas mientras avanzaba para testimoniar. De mala gana ofreció su testimonio, y lo acompañó de muchas lágrimas, pero admitió que hacía dos años, cuando residía en York, se vio súbitamente asaltado por agudos dolores mientras trabajaba para el rico judío Isaac como carpintero. Añadió que no se había podido mover de la cama hasta que practicó las curas indicadas por Rebeca. Ésta le aconsejó de un modo especial que se aplicase un bálsamo que olía a especias y que le había en cierto modo devuelto el uso de los miembros. Además, ella le había dado un pequeño frasco de aquella untura, además de entregarle una moneda para que pudiera regresar a la casa de sus padres cerca de Templestowe.
—Y con el permiso de vuestra reverencia —dijo el hombre—, no creo que la doncella llevara intención de causarme mal, aunque tiene la mala suerte de haber nacido judía. Y porque incluso cuando he usado este remedio, he rezado un padrenuestro y un credo y nunca ha perdido un ápice de su virtud.