Ivanhoe
Ivanhoe —Dadme su guante —dijo Beaumanoir—. En verdad —continuó mientras examinaba el fino tejido y los delicados dedos— una prenda ligera y frágil para tan mortal propósito. Mira, Rebeca, existe la misma relación entre este guante fino y ligero y uno de nuestros pesados guanteletes de acero, que entre tu causa y la del Temple, porque es a nuestro Orden que has desafiado.
—Poned mi inocencia en un platillo de la balanza y el guante de seda pesará más que el guante de acero.
—¿Entonces te empeñas en negar tu culpa e insistes en el osado desafÃo que has formulado?
—Insisto, noble señor —contestó Rebeca.
—Asà sea, entonces, en nombre del cielo —dijo el gran maestre—, y quiera Dios que resplandezca la verdad.