Ivanhoe
Ivanhoe —Puedes estar seguro, hermano —dijo Isaac—, y alabado sea el cielo que en mi tribulación me ha mandado alguien a que me consolara. De todos modos, no aceptes su primera proposición, porque ya verás como la maldita raza tiene por hábito pedir libras y acaba tomando onzas. Sin embargo, obra como quieras, porque este asunto me causa mucha tribulación, ¿y de qué me servirÃa el oro si la hija de mi amor pereciera?
—¡Adiós! —se despidió el médico—. Que suceda lo que desea tu corazón.
Se abrazaron y se separaron tomando diferentes caminos. El campesino lisiado permaneció algún tiempo mirando hacia el lugar por donde habÃan marchado.