Ivanhoe
Ivanhoe —¿Y a quién, si éste es mi sino, a quién se lo debo agradecer? Sólo a aquél que por un motivo egoÃsta y brutal me trajo aquà y que, ahora, por algún desconocido motivo, se empeña en exagerar el despiadado destino que me ha impuesto.
—No creas que te lo he impuesto yo. Te hubiera defendido con mi propio pecho, al igual que te defendà de las flechas que de otro modo te hubieran arrebatado la vida.
—Si te hubieras propuesto de defenderme inocente y honradamente, te podrÃa dar las gracias por los cuidados que me prodigaste. Pero te has jactado de ello tan a menudo que te digo que la vida no vale nada para mà si debo pagar por ella el precio que tú pretendes.
—Abandona tus aires jactanciosos, Rebeca, porque ya tengo mis propias preocupaciones y no necesito que tus reproches me las aumenten.
—¿Qué te propones, caballero? Sé valiente. Si no tienes nada más que hacer que espiar la desgracia que has causado, dÃmelo y entonces, por favor, déjame sola. El tránsito entre el tiempo y la eternidad es corto pero terrible, y dispongo de poco para prepararme.
—Me doy cuenta, Rebeca, de que insistes en culparme de las desgracias que de todo corazón hubiera querido evitar.