Ivanhoe
Ivanhoe Fue interrumpido por Wamba, que habÃa ocupado el sitio que le correspondÃa: una silla cuyo respaldo estaba decorado con dos orejas de burro. Ésta se encontraba a unos cuantos pasos detrás de la de su amo, que de tarde en tarde le proporcionaba vituallas de su propio plato; de todos modos, habÃa de compartir tal privilegio con los perros favoritos. Allà se estaba Wamba ante una mesita, con los tacones apoyados en la barra de la silla y la piernas encogidas, con las mejillas chupadas de modo que sus mandÃbulas parecieran un cascanueces; mantenÃa los ojos semicerrados, pero él permanecÃa siempre alerta, dispuesto a cazar al vuelo cualquier oportunidad que se le presentara para sus permitidas chanzas.
—Estas treguas con los infieles —dijo de repente, haciendo caso omiso del templario al que cortaba el discurso— me están convirtiendo en un anciano.
—Continúa, granuja, ¿cómo es eso? —dijo Cedric, cuyos gestos ya anunciaban su predisposición a tomar la broma favorablemente.
—Porque —contestó Wamba— ya puedo recordar tres que han sido acordadas en mis dÃas, y como quiera que cada una de ellas debÃa durar cincuenta años, según mis cuentas debo ya tener ciento cincuenta.