Ivanhoe
Ivanhoe —Tales eran los prÃncipes de Judá, que ahora ya no existen. Se les pisotea como a la hierba y se mezclan con el polvo del camino. Sin embargo, todavÃa quedan algunos que no se avergüenzan de tan alta descendencia, y entre ellos está la hija de Isaac, hijo de Adonikam. ¡Adiós! No envidio tus honores ganados con sangre, no envidio tu ascendencia de los paganos del norte, no envidio tu fe, pues siempre está en tu boca, pero nunca en tu corazón ni en tus actos.
—Un sortilegio actúa en mÃ, por el cielo —dijo Bois-Guilbert—. Casi estoy inclinado a creer que tu futuro esqueleto ha dicho la verdad y que en la dificultad que hallo en separarme de ti hay algo más que lo que serÃa natural. ¡HermosÃsima criatura! —exclamó acercándosele pero con gran respeto—, tan joven, tan bella, tan poco temerosa de la muerte y, sin embargo, condenada a morir y con agonÃa infame. ¿Quién no llorarÃa por ti? Las lágrimas que durante veinte años han sido extrañas a estos párpados, los mojan ahora cuando te contemplo. Pero tiene que suceder, ahora ya nada puede salvar tu vida. Tú y yo no somos más que los instrumentos de alguna terrible fatalidad, que nos empuja hacia delante como a los buenos bajeles ante la tormenta, que chocan unos con otros y asà perecen. Perdóname, por lo tanto, y separémonos como lo hacen los buenos amigos. He atacado tu decisión vanamente, y la mÃa es tan inconmovible como los adamantinos decretos del destino.