Ivanhoe
Ivanhoe —De este modo —dijo Rebeca— los hombres culpan al destino de lo que sólo es el resultado de sus propias pasiones salvajes. Pero te perdono, Bois-Guilbert, aunque seas el autor de mi muerte terrenal. Nobles cosas guarda tu espÃritu, pero es como el jardÃn del holgazán; la mala hierba ha crecido y amenaza con devorar la hermosa cosecha.
—Sà —dijo el templario—, soy tal como has dicho, sin conocimiento, indomeñable, orgulloso. Por ello, en una charca llena de locos sin seso y beatos solapados, he conservado mi preeminente fortaleza, que me coloca por encima de todos ellos. Desde mi juventud he sido un hombre de combate, altas han sido mis miras y me he mostrado firme e inflexible para alcanzarlas. Asà debo conservarme: orgulloso e inflexible, y de esta resolución el mundo tendrá pruebas. Pero ¿tú me perdonas, Rebeca?
—Como la vÃctima al verdugo.
—Adiós, entonces —dijo el templario y abandonó el aposento.
Albert, el preceptor, esperaba impacientemente el regreso de Bois-Guilbert en una cámara contigua.