Ivanhoe
Ivanhoe —Mucho has tardado —le dijo—. Me he sentido como apresado en tenazas al rojo vivo. ¿Qué hubiera pasado si el gran maestre o Conrade, su espÃa, se hubieran presentado aquÃ? Cara hubiera pagado mi amabilidad. Pero ¿qué es lo que te hace sufrir, hermano? Tus pasos son vacilantes, tu rostro es oscuro como la noche. ¿Te encuentras bien, Bois-Guilbert?
—¡Ay! —contestó el templario—, tan bien como el condenado a morir en el plazo de una hora. No, por el madero; porque entre ellos los hay que en tal situación se despojan de la vida como si fuera un viejo vestido. Por el cielo, Malvoisin, esta muchacha me ha dominado. Estoy casi decidido a acudir al gran maestre, abjurar la Orden en sus propios dientes y negarme a llevar a cabo la brutalidad que su tiranÃa me ha impuesto.
—Estás loco —contestó Malvoisin—. Éste es el mejor camino para buscar tu ruina, pero ni aun asà tienes oportunidad de salvar la vida de la judÃa. Beaumanoir nombrará a otro de la Orden para defender su juicio en tu lugar, y la acusada perecerá con tanta seguridad como si tú hubieras cumplido con tu deber.
—Esto es falso. Yo mismo tomaré las armas en su defensa —contestó el templario con altanerÃa—. Y si asà lo hago, tú bien sabes, Malvoisin, que no hay nadie de la Orden que pueda mantenerse en la silla ante la punta de mi lanza.