Ivanhoe

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—No puedes huir —dijo el preceptor—. Tus desvaríos han suscitado sospechas y no te permitirán abandonar el preceptorio. Ve y haz la prueba, preséntate ante la puerta y ordena que bajen el puente y ya verás qué contestación obtienes. ¿Te sorprendes y te sientes ofendido? Pero ¿acaso no es en tu propio beneficio? Si huyes, ¿cuál será la consecuencia, sino poner tus armas al revés, el deshonor de tu linaje y la degradación de tu rango? Piensa en ello. ¿Dónde esconderían la cabeza tus compañeros de armas cuando Brian de Bois-Guilbert, la mejor lanza de los templarios, sea proclamado perjuro entre los insultos de la gente que es tan aficionada a presenciar semejantes espectáculos? ¡Qué desprestigio para la corte de Francia! ¡Con qué gozo recibirá Ricardo la noticia de que el caballero que le puso en apuros en Palestina y casi logró oscurecer su renombre ha perdido la honra y el honor por una muchacha judía a la cual ni tan siquiera consiguió salvar con tan costoso sacrificio!

—Malvoisin —dijo el caballero—, te doy las gracias. Has tocado la cuerda más sensible de mi corazón. Suceda lo que suceda, no se añadirá la palabra «perjuro» al nombre de Bois-Guilbert. Quiera Dios que Ricardo o cualquiera de estos jactanciosos jovenzuelos ingleses compareciera en la liza. Pero se acobardarán, ninguno de ellos se atreverá a romper una lanza por la inocente, por la desamparada.


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