Ivanhoe

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El bufón vestía su habitual ropaje fantasioso, pero los últimos acontecimientos le habían impulsado a sustituir su espada de madera por una cortante buena hoz, además de una rodela. A pesar de su profesión, durante el asalto a Torquilstone dio muestras de su destreza en el manejo de ambas armas. En verdad, la debilidad del cerebro de Wamba tenía su origen en una especie de impaciente irritabilidad que no le permitía estarse quieto por mucho tiempo o adherirse a ciertas ideas aunque, durante unos pocos minutos, fuera capaz de ejecutar cualquier trabajo o comprender cualquier cuestión. Por lo tanto, mientras montaba, no cesaba de oscilar atrás y adelante, y ora estaba sobre las orejas del animal, ora sobre su mismo trasero. Tan pronto dejaba pender ambas piernas, de un solo costado, como se sentaba del revés, de cara a la cola, gesticulando y haciendo mil muecas. Hasta que el palafrén tomó tan a pecho sus bromas que le tumbó en el suelo tan largo como era, incidente que divirtió sobremanera al caballero, pero que hizo que en lo sucesivo su acompañante se mantuviera más firme sobre el caballo.

En aquellos momentos, la alegre pareja estaba enfrascada cantando un virelai, como se les llamaba, en el cual el payaso tenía encomendada la parte más ligera, comparada con la más ortodoxa del Caballero del Candado. Y la cantinela decía:

Anna Marie, amor, el sol ya ha salido.


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