Ivanhoe
Ivanhoe —Quisiera, Wamba —dijo el caballero—, que nuestro anfitrión de la gran encina, o bien su capellán, el fraile jovial, oyeran tu tonadilla en loor de este falso montero.
—Pero yo no lo quisiera —dijo Wamba—, por el cuerpo que cuelga de vuestro tahalÃ.
—Se trata de una prueba de la buena voluntad de Locksley, aunque no creo que nunca lo necesite. Tres notas de este cuerno harÃan acudir, a nuestro alrededor, estoy seguro, a una nutrida representación de aquellos alegres monteros.
—Yo dirÃa que este hermoso regalo es la prueba de que, Dios no lo quiera, estamos expuestos a no circular apaciblemente.
—¿Qué quieres decir? ¿Crees que por este obsequio amistoso alguien se atreverá a atacarnos?
—Como si nada hubiera dicho —replicó Wamba—, porque los árboles del bosque tienen oÃdos como las paredes. Pero ¿podéis arreglarme esto, señor caballero? ¿Cuándo será mejor que tengáis vacÃa la jarra de vino y la bolsa?
—¿Cómo? Nunca, según creo —replicó el caballero.